Nota por AGORA
La Bienal de Buenos Aires llega a sus 40 años con el tema "Habitar", un Pritzker que prefiere la fragilidad y una muestra sobre la Antártida. Tres señales de que la disciplina pasa de medir el objeto a medir la vida que sostiene. Con una advertencia: la fragilidad de un premio es una elección; la de las ciudades, casi nunca.
La XX Bienal Internacional de Arquitectura de Buenos Aires tiene números de aniversario: 40 años desde su primera edición, en 1985, bajo la dirección de Jorge Glusberg; más de 100 estudios, 15 exposiciones, más de 50 conferencias y más de 40 invitados de 55 ciudades. La entrada es libre durante octubre y el Foro Internacional corre del 5 al 10 de octubre, y ese día se entrega el Premio a la Trayectoria a Marta Minujín.
Pero lo que importa de esta edición no son los números. Es el verbo. La Bienal se llama "Habitar". Y habitar, a diferencia de construir, no tiene objeto: tiene a alguien adentro.
Un tema tan amplio corre un riesgo conocido: que todos puedan decir que lo cumplen. Lo que le da filo son sus elecciones concretas.
La primera es la Antártida. "Habitar lo Extremo", del colectivo 6044 SUR, es una biografía arquitectónica del continente blanco: más de dos siglos de ocupación, desde prototipos de hábitat mínimo hasta brutalismo soviético. Desarma la idea de un territorio vacío y lo presenta como un laboratorio radical. Una segunda propuesta, "Habitar la Naturaleza", mira el Iberá. En la Antártida, al menos, la arquitectura no es una forma: es lo mínimo que permite quedarse.
La segunda elección es Smiljan Radić, Premio Pritzker 2026, invitado destacado del Foro. El jurado lo premió porque, en palabras de su acta, "prefiere la fragilidad a cualquier pretensión injustificada de certeza". Radić, nacido en Santiago en 1965, fundó en 2017 la Fundación de Arquitectura Frágil y firmó, entre otras obras, el Pabellón Serpentine de 2014 y el Teatro Regional del Bío-Bío, en Concepción.
Tres señales no alcanzan para hablar de agenda. Pero no están solas. En 2024, el Pritzker fue para Riken Yamamoto, y el jurado destacó que, como en la democracia, los espacios tienen que crearse por la determinación de la gente. En 2025, para Liu Jiakun, un arquitecto que, según el jurado, no repite método sino que evalúa cada proyecto según su realidad. Ese mismo año, la Bienal de Venecia, curada por Carlo Ratti, giró alrededor de la adaptación.
Comunidad, vida cotidiana, adaptación, fragilidad. En dos años, las instancias que más pesan en la disciplina empezaron a premiar el mismo gesto: dejar de definir la arquitectura por lo que dura para definirla por lo que sostiene mientras dura.
Esa idea es buena, y conviene no aplaudirla sin preguntas. Lo frágil de Radić es una elección de diseño: según el jurado, sus edificios parecen temporales, inestables o deliberadamente inacabados. Alguien elige esa fragilidad.
La mayoría de las ciudades de la región conoce otra fragilidad: la de lo que se construyó con lo que había, sin que nadie lo eligiera. Ese contraste no invalida el giro, pero lo pone a prueba. Si la disciplina empieza a admirar lo provisorio, hay que preguntarse si admira la fragilidad como estética o la cuida como condición.
Y si el prestigio se corre hacia ahí, hay una consecuencia concreta que le toca a quien escribe los pliegos y los concursos: qué se le pide a una obra. Se suele medir por cuánto resiste. Está por verse si algún día se pregunta cuánta vida soporta.
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