Nota por AGORA
Una bienal de arquitectura parece una ceremonia: un jurado, un escenario, una lista de premiados. Lo que hace en realidad es más silencioso y dura más. Fija, por unos años, cuáles son las obras construidas a las que la disciplina señala cuando quiere decir "así se hace". No reparte estatuillas. Reparte referencias.
Del 30 de septiembre al 3 de octubre, la Bienal Colombiana de Arquitectura y Urbanismo llega a su trigésima edición, con sede en Cartagena de Indias y ceremonia en el Teatro Adolfo Mejía. La organiza la Sociedad Colombiana de Arquitectos desde 1962, y su método es constante: selecciona las obras más representativas construidas en el país en los cinco años previos. Esta edición suma algo nuevo: la primera Bienal Latinoamericana de Arquitectura de Colombia, un capítulo paralelo que reúne proyectos de toda la región.
Una bienal nacional que se abre a lo regional podría leerse como una nota de agenda cultural. Es más que eso, y la razón está en quién convoca hoy a la arquitectura latinoamericana cuando quiere verse a sí misma.
Existe desde 1998 la Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo, la BIAU. Es la instancia que reúne cada dos años lo más relevante de la arquitectura de la región y le pone un marco: categorías, jurado, premios, archivo, publicación. La convoca y la financia el Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana del Estado español, junto con el Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España.
No es un detalle administrativo. Quien organiza la bienal define las categorías —qué tipos de obra compiten entre sí—, arma el jurado, decide dónde queda el archivo y con qué mirada se publica el resultado. La BIAU funciona, y funciona en parte porque hay un Estado que la sostiene década tras década. Pero su centro de gravedad está en Madrid.
Montar una bienal latinoamericana convocada desde Bogotá y Cartagena es un intento de mover esa función de convocatoria hacia adentro de la región.
Conviene llamar a esto por su nombre. Una bienal es infraestructura blanda: el mecanismo que una disciplina construyó para coordinar juicios sin tener que rediscutir los criterios cada vez. Igual que un concurso, un premio o una revista de referencia, resuelve un problema de acuerdo —qué es una buena obra— y lo deja fijado por un tiempo.
Quien opera ese mecanismo fija los términos. Si la vivienda social y el mejoramiento de barrios informales compiten en igualdad con museos y torres corporativas, o quedan en una categoría aparte. Si la unidad de mérito es el objeto terminado o el proceso que lo hizo posible. Si lo que se premia es la foto o la gestión. Esas decisiones no son neutrales, y se toman en el lugar donde se arma la bienal.
El modelo de referencia es la Bienal de Venecia de arquitectura, que desde 1980 ordena el campo global a través de pabellones nacionales y, con cada curaduría, exporta una agenda de temas. La Bienal de São Paulo —de arte, la segunda más antigua del mundo después de Venecia, desde 1951— se volvió referencia regional simplemente por haber empezado temprano y no haberse interrumpido. La Bienal de Arquitectura de Quito, la BAQ, existe desde 1978 con vocación panlatinoamericana y nunca llegó a ser el centro de gravedad de la región.
La diferencia entre una bienal que es infraestructura y una que es un evento es la continuidad. Una convocatoria se vuelve referencia recién cuando sobrevive veinte ediciones con un marco estable. Venecia y São Paulo acumulan casi un siglo de inercia entre las dos. La región, además, tiene un historial magro construyendo instituciones comunes desde adentro: los intentos de integración tienden a fragmentarse antes de consolidar. La BIAU sostiene su continuidad, en buena medida, porque España la paga.
El circuito es concreto. Las obras que una bienal eleva alimentan los jurados de los concursos siguientes, los pliegos que definen qué se pide en un edificio público, las cátedras de proyecto, la ambición de un intendente que quiere para su ciudad algo parecido a lo que vio premiado. El conjunto de referencias no es decorativo: es el material con el que se diseña la próxima ronda.
No es hipotético. Los parques biblioteca de Medellín y la vivienda incremental que Elemental construyó en Chile se volvieron referencia obligada de la arquitectura social latinoamericana en buena parte porque el circuito de bienales, premios y publicaciones los puso ahí. Una vez que una obra entra a ese canon, se cita, se enseña y se pide en pliegos durante años.
Si ese conjunto se arma dentro de la región —con sus déficits de vivienda, su informalidad, su clima, sus presupuestos—, los concursos y los edificios públicos que vienen heredan esas referencias. Si se arma en otro lado, la región sigue proyectando hacia un canon calibrado para otros problemas.
La ceremonia de Cartagena es chica y dura cuatro días. Lo que se disputa ahí es quién tiene la lapicera que escribe, para los próximos cinco años, la frase "esto es buena arquitectura latinoamericana" —y si sostenerla desde adentro de la región alcanza para que la frase diga otra cosa.
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