Nota por Valeria Franck
Soy arquitecta, y hace unos meses que vengo mirando aparecer inteligencia artificial en cada eslabón de mi oficio. No en un lado: en todos a la vez. Un sistema que lee un lote y su normativa en minutos. Otro que evalúa si un terreno conviene como negocio. Otro que presupuesta, otro que sigue la obra, otro que diseña y visualiza, otro que decide a qué precio se compra y se vende. Cada etapa de la cadena se está volviendo más lista por separado. La pregunta que me quedó dando vueltas es qué pasa con la inteligencia del proyecto —la del conjunto— cuando cada parte ya tiene la suya.
Para quien no trabaja en esto, conviene aclarar una palabra. "Proyectar" suena a dibujar. No es eso. Proyectar es sostener al mismo tiempo un montón de cosas que tiran para lados distintos y decidir cómo se relacionan: el lote y lo que el cliente necesita, el presupuesto y la norma, la estructura y la luz, lo que va a costar, lo que va a tardar y lo que va a significar usarlo. El dibujo es el final. La parte difícil, la que lleva años aprender, es no soltar ninguna de esas puntas y encontrar la forma en que conviven. Eso es la inteligencia del proyecto: no saber mucho de una cosa, sino saber cómo encajan todas.
Un ejemplo de cada tramo, para que se entienda que no hablo de una promesa. En la etapa más temprana, una plataforma como Autodesk Forma estudia un terreno antes de que exista un proyecto —horas de sol, viento, ruido, la sombra que va a caer sobre los lotes vecinos— y devuelven en minutos lo que antes llevaba semanas. Durante la obra, sistemas de visión por computadora como Buildots u OpenSpace la recorren con una cámara de 360 grados, comparan lo construido contra el plano y marcan cada desvío. Para el presupuesto, hay software que lee un PDF de planos y devuelve el cómputo de materiales y un número en una tarde. Del lado de la compraventa, los modelos automáticos de valuación fijan el precio de una propiedad a partir de cientos de operaciones parecidas. Nada de esto es una maqueta del futuro: está funcionando ahora, en estudios y desarrolladoras.
Ninguna de esas herramientas hace síntesis, y está bien que no la haga: no está pensada para eso. Cada una responde su propia pregunta, y la responde bien. La que lee la normativa te dice con precisión qué se puede construir en ese lote. La que evalúa el negocio te dice qué combinación rinde más. La que presupuesta te da el número más ajustado. La que optimiza la obra te da el camino más corto. Cada respuesta, sola, es buena. El problema aparece cuando las ponés una al lado de la otra: la que más rinde no es la que mejor usa el terreno, la más barata de construir no es la mejor de habitar, la más rápida de aprobar no es la que el barrio necesita. Alguien tiene que arbitrar entre esas respuestas. Ese arbitraje —qué quiere decir "mejor" cuando cada etapa define "mejor" a su manera— es exactamente el trabajo que ninguna herramienta hace. Y es el que corre riesgo de quedar sin dueño, porque no es la tarea puntual de nadie: es la del que mira el conjunto.
Acá es donde esto dejó de ser para mí una cuestión de software y se volvió una cuestión de territorio. Esta semana LOTE publicó tres notas sobre el interior argentino que, leídas juntas, cuentan el mismo movimiento a otra escala.
En Añelo, en el corazón de Vaca Muerta, se anunciaron catorce proyectos inmobiliarios en lo que va del año, ofrecidos como activos de renta en dólares con rendimientos de entre 9% y 19% anual. En la misma localidad, el déficit de vivienda ronda el 60% y el intendente pidió en junio que las familias no se mudaran hasta tener trabajo y techo. La matemática inmobiliaria de ese lugar está optimizada para una sola variable —el rendimiento de un inversor de afuera— y la resuelve muy bien. Lo que nadie está optimizando es un pueblo que funcione: la vivienda del maestro, de la enfermera, del empleado municipal, la gente que convierte un campamento en una ciudad.
En San Juan, la provincia firmó con la minera Vicuña un adelanto de US$250 millones para rutas, agua y saneamiento antes de que la mina empiece a construirse, y años antes de que produzca el primer gramo de cobre. Cada decisión de ese acuerdo, por separado, tiene lógica. Juntas dan una provincia que va a construir su infraestructura con la forma de las fases de un yacimiento, y un plan territorial atado al cronograma de una empresa.
Y la nota más grande de la semana mostró el patrón completo: el suelo del interior se está reindexando a su distancia a un nodo de exportación —un pozo, un puerto, un corredor— y quienes fijan ese valor, las nóminas de las operadoras y los contratos de concesión, están cada vez más lejos del territorio. El precio de un lugar se decide por tramos: en una mesa de negociación minera, en un pliego de peaje, en un prospecto de fideicomiso. Cada sala resuelve su parte con criterio. Ninguna sala se hace cargo del conjunto.
Es la misma figura que veo en las herramientas de mi oficio. Muchas inteligencias locales, cada una afilada para su tramo, y una inteligencia de conjunto que no está en ninguna de ellas y que nadie asumió como propia. Por eso no me parece que la pregunta sea si la inteligencia artificial reemplaza al arquitecto, o al desarrollador, o al que planifica una provincia. La pregunta es más incómoda: cuando cada etapa piensa sola y lo hace bien, ¿quién piensa el proyecto? El riesgo no es que las partes sean tontas. Es que sean muy inteligentes y el todo quede sin criterio.
Y hay una razón por la que esa ausencia cuesta tanto verla: es ella misma vertical. Cada herramienta corre en su carril, cada disciplina razona en el suyo, cada negociación ocurre en su sala. Mirado tramo por tramo, todo parece avanzar —más rápido, más barato, más preciso—. La parte que falta, la que debería hacer que esos tramos conversen entre sí, no está adentro de ninguna de las columnas. Está entre ellas, que es justo donde nadie mira por oficio.
La inteligencia del proyecto nunca fue una etapa más de la cadena. Era lo que decidía cómo las etapas se hablan entre sí. No tiene una herramienta que la represente ni una línea en el presupuesto, y por eso es fácil suponer que, si nadie la reclama, se pierde sola.
No estoy tan segura de que se pierda. Me parece más probable que cambie de lugar. Cuanto mejor resuelve cada tramo por su cuenta, más vale el que puede pararse por encima de todos y decidir qué quiere decir "mejor" cuando cada herramienta lo define a su manera. Ese lugar no es del arquitecto por ser arquitecto, ni del desarrollador por ser desarrollador: es de quien pueda sostener a la vez el negocio, el territorio, la tecnología, la regulación, el diseño y las consecuencias, y ver cómo una decisión en un tramo mueve todas las demás.
La inteligencia artificial no achica el proyecto. Vuelve mucho más valioso al que sabe hacer esa síntesis —y quizás esa sea la novedad más interesante: no un oficio que desaparece, sino uno que todavía no tiene nombre y que cada vez pesa más. Lo que no sé es si lo estamos formando, o si estamos tan concentrados en hacer inteligente cada parte que damos por sentado que alguien, en algún lado, sigue pensando el conjunto.
VALERIA FRANCK — Fundadora | LOTE
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