Nota por VECTOR
¿Qué tiene que ver la electricidad con la inteligencia artificial?
A primera vista, nada. Uno imagina la IA como algo que pasa en una pantalla: escribís una pregunta, aparece una respuesta. Puro software, puro aire. Y sin embargo, esta semana una delegación de Tesla viaja a un lugar que no figura en ningún mapa de la industria tecnológica mundial: Neuquén. No van por el paisaje. Van por lo que hay debajo.
Para entender qué fueron a buscar, conviene empezar por una palabra que se repite mucho y se explica poco: data center, o centro de datos. Olvidá por un momento la palabra "datos". Un centro de datos es, en concreto, un galpón enorme lleno de computadoras que no se apagan nunca. Cada cosa que hacés "en la nube" —un mail, una foto guardada, una película— en realidad vive en una de esas computadoras, en algún galpón, en algún lugar del mundo.
Esos galpones existen desde hace décadas. Lo que cambió es la inteligencia artificial. Hacer funcionar un modelo como los que hoy responden preguntas o generan imágenes exige una cantidad de cálculo brutal: miles de chips especializados trabajando a la vez, día y noche. Y esos chips tienen dos apetitos enormes: consumen electricidad como una fábrica pesada, y generan tanto calor que hay que refrigerarlos sin parar para que no se derritan.
¿Cuánta electricidad? Los proyectos de los que vamos a hablar rondan los 500 megawatts. El número no dice nada hasta que se traduce: alcanza para abastecer a una ciudad entera, de varios cientos de miles de habitantes. Eso consume un solo centro de datos de gran escala. No un barrio: una ciudad.
Ahí está el giro. Si un centro de datos necesita la energía de una ciudad, la pregunta de dónde construirlo deja de ser tecnológica y pasa a ser energética. No se instala donde hay más clientes ni más programadores: se instala donde hay electricidad barata y disponible ya. La inteligencia artificial no compite por datos. Compite por enchufes.
Y acá la historia se pone rara. Porque cuando uno sigue el rastro de esa electricidad barata, no llega a Silicon Valley ni a un suburbio de Texas. Llega a la estepa patagónica.
El primero en llegar fue OpenAI, la empresa detrás de ChatGPT. En octubre de 2025 firmó la carta de intención de un proyecto con nombre de ciencia ficción, "Stargate Argentina": un centro de datos de unos 500 megawatts en Neuquén, con una inversión anunciada de 25.000 millones de dólares. Para dimensionarlo: ese solo proyecto multiplicaría por casi siete toda la capacidad que Argentina tiene hoy.
Podría ser la excentricidad de una sola empresa. No lo es. Porque unos meses después apareció el segundo interesado, y es el dato que vuelve la escena difícil de creer: Tesla. La compañía de Elon Musk está negociando con YPF —a través de su brazo energético, YPF Luz— otro centro de datos, también en Neuquén, también alimentado con el gas del subsuelo. Es esa delegación la que aterriza estos días.
Vale detenerse acá un segundo. Sam Altman y Elon Musk se demandan en tribunales, se cruzan en público y compiten palmo a palmo por ganar la carrera de la inteligencia artificial. No coinciden en casi nada. Y sin embargo los dos, por separado y con pocos meses de diferencia, terminaron señalando el mismo rincón perdido del mapa. Cuando dos rivales que se detestan eligen exactamente el mismo lugar, no es moda ni casualidad: es que ahí hay algo que ambos necesitan y casi nadie más tiene.
¿Qué es ese algo? Es, otra vez, lo que hay debajo. Bajo esa provincia está Vaca Muerta, una de las mayores formaciones de petróleo y gas no convencional del mundo. Durante años, buena parte de ese gas se quemó o se desperdició por falta de infraestructura para sacarlo. Visto desde un centro de datos, ese gas "de sobra" es el tesoro: energía en el lugar, lista para volverse electricidad. La Patagonia no ofrece clientes. Ofrece combustible.
Faltaba una llave, y se está abriendo justo ahora. El 25 de junio, la Cámara de Diputados aprobó el llamado Súper RIGI: un régimen que ofrece fuertes beneficios impositivos y aduaneros a las inversiones de más de mil millones de dólares, con los centros de datos entre sus protagonistas. Sin un incentivo de ese tamaño, ninguno de estos números cerraría.
Conviene, eso sí, no comprarse el título entero. Casi todo esto es todavía intención, no obra: lo de OpenAI es una carta firmada, lo de Tesla depende de una visita que recién ocurre. Y hay un obstáculo de fondo, más terco que cualquier anuncio: tener el gas no es lo mismo que tener con qué transportarlo, ya convertido en electricidad, hasta donde hace falta. La red eléctrica argentina no está preparada para semejante salto, así que la energía sobra en el subsuelo mientras faltan los cables para sacarla. Ese es, hoy, el verdadero cuello de botella.
Detrás de esa ambición desmedida hay, además, una urgencia de fondo: en esta carrera, Argentina llegó tarde. Tiene hoy unos 73 megawatts instalados en centros de datos, contra los 2.100 de Brasil y los 624 de Chile, un país que le lleva años de ventaja como polo de la región. México, en Querétaro, multiplicó por más de cinco su capacidad en un solo año. Y mientras América Latina se convertía, a comienzos de 2026, en la región que más rápido crecía del mundo en este negocio, Argentina lo miraba desde afuera. Por eso la apuesta patagónica no busca crecer de a poco: busca saltar de golpe a otra escala.
Y queda la pregunta que más importa: si todo esto llega, ¿qué le deja al lugar? Un centro de datos, solo, da poco trabajo permanente y consume muchísima energía. En el peor de los casos es exportar electricidad convertida en calor: la potencia de un yacimiento entero evaporándose en refrigerar computadoras que le responden a alguien del otro lado del planeta. El valor real —lo dicen los propios especialistas del sector— aparece recién cuando alrededor de esa infraestructura crecen empresas de software, startups, servicios que se venden al mundo. La infraestructura es la puerta de entrada. No es, por sí sola, el desarrollo.
Por eso la pregunta del comienzo no era ingenua. La próxima gran obra de la inteligencia artificial no se parece a una app: se parece a una usina plantada al lado de un pozo de gas. El mapa del cómputo mundial se está redibujando con un criterio viejo, casi del siglo XIX: dónde está la energía.
La próxima vez que le pidas algo a una inteligencia artificial y la respuesta aparezca al instante, vale la pena preguntarse dónde ocurrió de verdad. Quizás en un galpón sin ventanas clavado en la estepa, calentando el aire helado de la Patagonia para que un chip no se derrita, a unos metros del mismo gas que hace diez años se quemaba al aire libre. La nube, vista de cerca, pesa toneladas y tiene dirección postal.
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