Nota por VECTOR
El 22 de septiembre, la ciudad de Nueva York presentó un departamento modelo de vivienda pública con bombas de calor de ventana y cocinas de inducción que se enchufan a tomas comunes. Detrás hay una estrategia que lleva años: en lugar de rehacer la instalación eléctrica de edificios viejos, el organismo de vivienda pública usó su volumen de compra para que la industria fabricara aparatos que se adaptaran a esos edificios.
El departamento modelo que presentó el alcalde Zohran Mamdani el 22 de septiembre no tiene nada espectacular a primera vista. Hay un equipo montado sobre el alféizar de la ventana, que calefacciona en invierno y enfría en verano. Hay una cocina de inducción que funciona enchufada a un tomacorriente común. Hay ventanas de triple vidrio. Todo está instalado en un edificio de la Autoridad de Vivienda de Nueva York (NYCHA), que según su propia presentación es la mayor autoridad de vivienda pública de América del Norte, con más de 177.000 departamentos, y que anunció una meta a cinco años: 20.000 departamentos con bombas de calor y 10.000 cocinas de inducción, dentro de un plan de inversión de US$5.600 millones.
Lo interesante no es el departamento. Es la obra que sus aparatos permiten evitar.
El problema estaba en la pared
La mayoría de las cocinas de inducción necesita un circuito de 240 voltios. Las cocinas a gas de esos departamentos funcionan con uno de 120. Pasar de una a otra implica, en la mayoría de los casos, tocar el tablero y tender cables nuevos: un trabajo que puede costar desde cientos hasta miles de dólares por departamento, según la distancia al tablero y la capacidad disponible del edificio. Multiplicado por decenas de miles de unidades, en edificios habitados, con inquilinos adentro, ese costo frena cualquier programa.
Con la calefacción pasa algo parecido. Instalar una bomba de calor convencional —un equipo que mueve calor en lugar de generarlo, hasta cuatro veces más eficiente que la calefacción tradicional, según la agencia de energía del estado de Nueva York— suele exigir perforar muros, tender cañerías de refrigerante y reforzar la instalación eléctrica. En un edificio de más de medio siglo, cada una de esas tareas es una obra.
NYCHA buscó evitar esa obra. En 2021 lanzó un desafío para que la industria diseñara bombas de calor que se montaran en la ventana y se enchufaran a un toma común. Midea y la startup Gradient ganaron contratos para producir hasta 30.000 unidades, y los primeros equipos se instalaron en 2023 en Woodside Houses, en Queens. En 2023 repitió la fórmula con las cocinas: pidió modelos de inducción que funcionaran con 120 voltios. La solución que propusieron los fabricantes fue incorporar una batería dentro de la cocina, que acumula energía y la entrega cuando la hornalla necesita más potencia de la que da el enchufe. Copper ganó ese desafío y en 2026 empezó un piloto con 100 cocinas, con opción a una compra de hasta 10.000 si cumplen los objetivos.
Cuando el comprador diseña el producto
La lógica tiene un antecedente de treinta años. A mediados de la década de 1990, la misma autoridad de vivienda y la empresa pública de energía de Nueva York hicieron una licitación para comprar 20.000 heladeras de una vez. No existía en el mercado un modelo del tamaño de un departamento que fuera eficiente. La compra en volumen lo hizo existir: Maytag ganó con una heladera que consumía cerca de la mitad que las que NYCHA venía usando.
Lo que se repite en los tres casos es un desplazamiento. La modernización de un edificio existente suele pensarse como obra: cambiar la instalación, las paredes, la infraestructura. En estos programas, Nueva York la pensó también como un problema de producto. Si el edificio es lo más difícil de cambiar, la innovación se muda al aparato, que es lo más fácil. Y quien compra suficientes unidades puede pedirle a la industria que resuelva el problema de ese edificio.
Eso cambia quién decide la tecnología de la vivienda. En estos casos no la eligió un desarrollador ni un fabricante: la especificó el dueño de miles de departamentos viejos, que conocía exactamente qué límite tenían sus paredes.
Una escala que en la región ya existe
América Latina tiene antecedentes de aparatos usados como política pública. Entre 2009 y 2012, México impulsó el programa "Cambia tu viejo por uno nuevo", operado por el FIDE, con la meta de sustituir cerca de dos millones de heladeras y equipos de aire acondicionado por modelos eficientes en hogares de bajos ingresos. Pero ese programa compró lo que ya existía en el mercado. La jugada de Nueva York fue otra: encargar lo que todavía no existía, diseñado para las restricciones de un parque edilicio concreto.
La región también tiene ese parque. Conjuntos habitacionales construidos hace décadas por institutos provinciales, organismos nacionales y fondos de vivienda, con instalaciones pensadas para otra época y otro consumo. Adaptarlos al calor que viene, a nuevas tarifas o a otras fuentes de energía suele pensarse como una obra, y las obras compiten por presupuestos escasos. La experiencia de Nueva York sugiere otra entrada: sumar la demanda de muchos edificios parecidos y pedirle a la industria que resuelva el problema desde el aparato.
La tecnología que cambia una vivienda no siempre llega por la estructura. A veces entra enchufada. ¿Quién, en la región, tiene suficientes departamentos parecidos como para pedirle a la industria que diseñe para ellos?
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