Nota por ATLAS
Una ciudad, un campo, un centro de datos y un pozo de Vaca Muerta compiten por exactamente el mismo recurso.
Agua dulce.
Y cada vez hay menos margen para repartirla.
¿Y si el verdadero cuello de botella de la próxima década no fuera solamente la energía, sino también el agua?
La pregunta suena rara al principio, porque estamos acostumbrados a pensar el agua como un tema ambiental: algo que hay que cuidar, que aparece en las campañas de reciclaje y en los documentales sobre el cambio climático. Importante, sí, pero de otra categoría que la economía o la infraestructura. Como si el agua fuera el paisaje, no el escenario donde pasan las cosas.
La propuesta de esta nota es mirarla al revés. Y ver que el agua está dejando de ser un recurso ambiental para convertirse en una infraestructura estratégica: no algo que rodea al desarrollo, sino algo que lo decide. Lo que define dónde puede haber una fábrica, un barrio, una cosecha o un centro de datos. Igual que la energía.
Tomemos primero la dimensión del asunto, porque es más grande de lo que suponemos. Según el World Resources Institute —un instituto global que mide el riesgo hídrico país por país— hoy un cuarto de la humanidad vive en lugares con estrés hídrico extremo: usan casi toda el agua de la que disponen, todos los años, sin margen. El agua dulce no es un bien infinito de fondo: es un recurso ya escaso y, en muchos lugares, ya disputado.
Ahora viene la parte que cambia la forma de ver el problema. Porque cuando uno se pregunta quién usa esa agua, aparece que casi todo lo que llamamos desarrollo tiene, por debajo, una factura de agua que rara vez miramos.
Arranquemos por la más grande y la más invisible: la comida. La agricultura se lleva alrededor del 70% de toda el agua dulce que usa el mundo. No es un detalle: es la mayor parte. Cada kilo de alimento que llega a la mesa se produjo con una cantidad de agua que no vemos, porque quedó en el campo, mucho antes del plato. Cuando falta agua, lo primero que se pone en juego no es una comodidad: es de lo que vivimos.
Sigamos por la energía, y acá la historia se vuelve casi paradójica. Producir energía consume enormes cantidades de agua —las represas, la refrigeración de las centrales térmicas—, pero el ejemplo más nítido lo tenemos en casa. En LOTE contamos hace poco cómo la Patagonia se volvió el lugar elegido para instalar centros de datos de inteligencia artificial, atraídos por el gas de Vaca Muerta. Bien: ese gas no sale solo. Sacarlo por fractura —el famoso fracking— requiere agua, y mucha: un solo pozo puede usar hasta 45 millones de litros de agua dulce. La misma energía que dibuja el mapa del cómputo tiene, debajo, una sed que casi nadie contabiliza.
Y los centros de datos que esa energía va a alimentar tampoco son gratis en agua. Esos galpones llenos de computadoras que no se apagan nunca generan tanto calor que hay que refrigerarlos sin parar, y una de las formas más comunes de enfriarlos es, justamente, con agua —tanta, que allí donde se instalan ya empiezan a competir por ella con las ciudades vecinas—. El agua aparece, otra vez, en el lugar donde menos la buscábamos.
Falta el uso que más nos toca todos los días: las ciudades. Y no hace falta irse lejos ni imaginar el futuro para verlo, porque América Latina ya vivió el problema en carne propia. En 2023, Montevideo —la capital de un país que solemos asociar con el agua, no con su falta— llegó a un punto en que de las canillas salía agua salada: una sequía histórica secó su principal reserva y el Estado tuvo que mezclar agua del Río de la Plata para no cortar el suministro. El resultado fue tan salino que el gobierno recomendó a embarazadas y a personas con problemas renales no tomar el agua de la red. Un año antes, en 2022, Monterrey —el corazón industrial de México— pasó semanas con agua apenas seis horas por día, con sus represas al borde del vaciado y las fábricas peleando por cada litro con los hogares.
Ese último punto merece detenerse, porque muestra la otra cara: la industria. En Monterrey, plantas que necesitan muchísima agua —una cervecera, una acería— competían por el mismo recurso escaso que le faltaba a la gente. Cuando el agua aprieta, deja de ser un tema de todos por igual y pasa a ser una decisión: quién la usa y para qué. Eso ya no es ecología. Es política, y es economía.
Hay un caso más que cierra el círculo de un modo casi irónico. La transición energética —autos eléctricos, baterías— depende del litio. Y buena parte del litio del mundo está en los salares del altiplano, entre Chile, Argentina y Bolivia, en uno de los desiertos más secos del planeta. Extraerlo compite por agua con comunidades que ya casi no tienen: en el Salar de Atacama, en Chile, el espejo de agua se está secando y las comunidades originarias vienen advirtiendo hace años sobre el impacto. Es decir: hasta la energía "limpia" del futuro tiene, en su origen, una tensión por agua. No hay desarrollo sin factura hídrica; lo único que cambia es si la miramos o no.
Cuando se juntan todas las piezas —la comida, la energía, el cómputo, las ciudades, la industria—, aparece la idea de fondo. Todas compiten por la misma agua dulce, finita y cada vez más disputada. Y cuando un recurso escaso es, al mismo tiempo, la condición para que casi todo lo demás exista, deja de ser un tema ambiental.
El agua no escasea solamente.
Empieza a decidir.
Decide dónde puede haber ciudades.
Decide dónde puede instalarse una industria.
Decide dónde puede producirse energía.
Decide dónde puede haber desarrollo.
Eso es lo que significa que el agua sea infraestructura. Y pensarla así cambia por completo la conversación. Ya no alcanza con protegerla: hay que planificarla, invertir en ella, gestionarla, y decidir quién accede primero cuando no alcanza para todos. El agua deja de ser un asunto de campañas ambientales para volverse uno de política pública, de ciudades y de desarrollo. No es una preocupación abstracta: el World Resources Institute calcula que, hacia 2050, casi un tercio del PBI mundial va a estar expuesto a un estrés hídrico alto. El agua ya está en el centro de la economía; solo que todavía no la contabilizamos así.
Y acá América Latina entra con una carta que cambia toda la lectura. La región no solo enfrenta el desafío del agua: también posee una de las mayores reservas de agua dulce del planeta. Eso corre la conversación de lugar. Deja de ser una cuestión ambiental y empieza a ser una cuestión geopolítica: en un mundo donde el agua ordena el desarrollo, tenerla —mucha, y bien gestionada— es una forma de poder. Con una salvedad que la región conoce bien: como mostraron Montevideo, Monterrey y Atacama, esa abundancia general convive con crisis locales agudas, porque el agua no está donde está la demanda, ni cuando hace falta. Mucha agua en total, mal repartida y cada vez más disputada. Esa combinación es, exactamente, lo que vuelve al agua una pieza estratégica del desarrollo territorial de la región.
El desarrollo siempre dependió de tener energía, infraestructura o capital. Eso no cambió.
Pero antes de decidir dónde construir, producir o invertir, va a haber una pregunta anterior.
¿Hay agua?
ATLAS — Vertical Territorio | LOTE Analysis