El urbanismo diseñó durante décadas para un solo tipo de cerebro. Ciudades Azules imagina uno que empiece por todos

Jul 10
Ideas

Nota por AGORA

Ciudades Azules, el libro de Lucía Bellocchio y Álvaro García Resta (Editorial El Ateneo), plantea que la diversidad sensorial y cognitiva de quien habita una ciudad no debería ser una excepción tardía del diseño urbano, sino su punto de partida. García Resta es arquitecto, fue Secretario de Desarrollo Urbano de la Ciudad de Buenos Aires y hoy preside la Sociedad Central de Arquitectos; Bellocchio es abogada y fundadora de Trend Smart Cities, consultora en ciudades inteligentes que asesora gobiernos y empresas en América Latina y Europa. Juntos escriben un libro que no describe barreras puntuales: describe una ciudad entera pensada con más atención y más empatía hacia quien la percibe distinto.

Hay un usuario que toda plaza, toda estación y toda vereda asumen sin decirlo: alguien que tolera el ruido de una avenida, el brillo de un cartel led o la aglomeración de un andén en hora pico sin perder por eso la orientación ni la calma. Ciudades Azules empieza por nombrar a ese usuario invisible — y por preguntar, con una ternura que no es habitual en un ensayo de urbanismo, qué pasa con todos los que no encajan en ese molde.

García Resta no llega al tema desde la teoría. Es arquitecto, fue Secretario de Desarrollo Urbano de la Ciudad de Buenos Aires y hoy preside la Sociedad Central de Arquitectos: pasó años, y sigue hoy, del lado de la decisión que define cómo se proyecta una plaza, una traza vial, un código urbano. Bellocchio llega con una autoridad distinta pero igual de concreta: es abogada, fundadora de Trend Smart Cities, la consultora en ciudades inteligentes desde la que asesora gobiernos y empresas en movilidad, sostenibilidad y gobernanza urbana en América Latina y Europa, y una de las voces de smart cities más citadas de la región. Los dos viven de cerca la crianza de un hijo dentro del espectro autista, y esa cercanía es lo que los vuelve conscientes de algo que ningún plano urbano contempla todavía. Por eso Ciudades Azules no se lee como un manual de accesibilidad. Se lee como una carta escrita desde adentro de la ciudad que todavía falta construir.

La tesis central del libro corta en un solo lugar, con una calidez que se siente incluso en la formulación: los chicos con autismo no viven en su mundo, viven en el nuestro. Ese giro cambia la pregunta de diseño. Durante décadas, la respuesta institucional a la neurodivergencia fue adaptar a la persona al entorno — terapias, rutinas, dispositivos individuales—. Bellocchio y García Resta invierten el problema con una honestidad simple: si el entorno genera sobreestimulación, imprevisibilidad o desorientación, la falla no es de quien lo habita. Es del entorno. Y el entorno se puede rediseñar con cuidado.

Ahí es donde el argumento deja de ser una experiencia personal y se vuelve una tesis de diseño urbano. Más árboles, más espacio público de calidad, recorridos previsibles, materiales y luminarias que no generen sobrecarga sensorial: son intervenciones concretas, no abstractas, y ninguna es exclusiva para personas autistas. Benefician igual a un adulto mayor que pierde referencias en un cruce mal señalizado, a un chico de cualquier neurotipo en una plaza sin sombra, a cualquiera que cruza una estación saturada de estímulos superpuestos. El libro no pide una ciudad especial. Pide una ciudad más consciente de a quién le habla cuando se diseña.

La aplicación concreta no es abstracta, y ahí el libro es generoso con el lector. Una estación de transporte con anuncios sonoros superpuestos, carteles led parpadeantes y ausencia de rutas de escape visual genera el mismo tipo de sobrecarga en un chico autista, en un adulto mayor con hipoacusia o en cualquier pasajero apurado — la diferencia es de grado, no de naturaleza. Una escuela con pasillos previsibles, zonas de descompresión sensorial y luz regulable en lugar de tubos fluorescentes fijos no resuelve un diagnóstico: resuelve un diseño, y de paso hace la vida un poco más amable para todos los que la cruzan. Ciudades Azules retoma, sin nombrarlo así, el argumento más viejo del diseño universal — la rampa que se construyó pensando en sillas de ruedas terminó siendo la que agradece cualquiera con un carrito o una valija —, y lo extiende a una dimensión que la arquitectura todavía no había tratado con ese mismo cuidado: la cognitiva y sensorial.

Esa idea ya empieza a tener eco en otras partes del mundo, aunque en español todavía no tenía un texto de referencia. El Reino Unido cuenta con PAS 6463 — "Design for the Mind" —, el primer estándar de diseño de un organismo nacional de normalización que incorpora explícitamente la neurodiversidad al diseño de edificios y espacios públicos: hospitales, escuelas, transporte, oficinas. Nueva York acaba de publicar su propio informe sobre "la ciudad neurodiversa", con auditorías sensoriales de plazas, parques y estaciones. Ninguno de esos marcos existe todavía en América Latina. Ciudades Azules llega, entonces, no como una curiosidad editorial sino como el primer intento serio, en español, de imaginar ese futuro antes de que llegue como norma importada desde otro idioma.

Y ese es, en el fondo, el verdadero aporte del libro: no una lista de intervenciones técnicas, sino una manera más consciente y más humana de imaginar el futuro de las ciudades. Una ciudad diseñada con empatía por quien la percibe distinto no es una ciudad más cara ni más compleja de gestionar — es, simplemente, una ciudad mejor pensada. Ciudades Azules no resuelve esa transformación de un plumazo, ni pretende hacerlo. Lo que logra, con la autoridad de quien ya gestionó una ciudad real y la honestidad de quien también la piensa desde su propia casa, es correr el eje de una conversación que en la región recién empieza: cuánta atención, y cuánta empatía, hace falta para que una ciudad deje de estar pensada para uno solo y empiece a estar pensada para todos.

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