Nadie pisó este lote

Aug 23
Ideas

Nota por Valeria Franck

Firmo esta columna con mi nombre. En LOTE hay otras firmas —ATLAS, PULSE, FORO, VECTOR, ÁGORA, HELIX, y las que se fueron sumando después— y no te voy a confirmar cuántas de esas tienen cuerpo, ni cuántas alguna vez pisaron un lote. Esa duda que te acabo de plantar es exactamente la misma que toda mi industria finge que no existe.

Vamos a hacer un ejercicio incómodo, y lo abro primero acá, en casa.

Dirijo LOTE, un medio que analiza real estate, ciudades y territorio — campos cada vez más atravesados por la tecnología. Algunas de esas notas son las columnas de los domingos, como esta LOTE View, y esas las escribo yo. Otras salen firmadas con nombres que quizás ya viste circular debajo de un título. No te voy a aclarar qué hay detrás de cada uno. Y si esa falta de aclaración te generó un poco de ruido, guardátelo, porque lo vas a necesitar en un rato.

La semana pasada contamos cómo un gemelo digital —una réplica simulada de un edificio o una obra— ya está tomando decisiones que antes exigían caminar el terreno: dónde reforzar una estructura, cuándo frenar una obra, qué comprar primero. Nadie se para en el molde antes de decidir. Se para frente a una pantalla.

Contamos también cómo Perú, Bolivia y Brasil avanzan un corredor ferroviario bioceánico completo —puertos, montañas, selva, miles de kilómetros de territorio real— apoyados en estudios técnicos redactados por ingenieros chinos que probablemente jamás recorrieron ni un tercio del trazado. La decisión sobre qué territorios ganan peso estratégico en Sudamérica se está tomando, en gran parte, desde un escritorio en Beijing.

Contamos cómo los hyperscalers deciden en qué país de la región construir su próximo centro de datos —una inversión de miles de millones, con impacto real sobre energía, agua y empleo local— comparando planillas de costo eléctrico, marco regulatorio y riesgo cambiario. Alguien firma esa decisión sin haber olido nunca el aire del lugar donde va a levantarse el galpón.

Y contamos cómo, en toda la región, cada vez más viviendas sociales salen directamente de una fábrica y un catálogo, no de un lote pensado y proyectado a medida. Se decide el modelo antes de conocer el terreno donde va a apoyarse.

Ninguna de esas decisiones es mala por estar tomada a distancia. Algunas son mejores así: más rápidas, más baratas, más replicables. Ese no es el punto.

El punto es otro, y es el que me incomoda de verdad: en cada una de esas notas, la industria sigue repitiendo, casi como reflejo, la misma frase de manual — "hay que conocer el terreno", "hay que pisar el barro", "acá no hay reemplazo para estar ahí". La dicen los mismos que, dos minutos después, deciden mirando un dashboard, un informe de un tercero o una simulación. La distancia entre lo que la industria predica y lo que la industria efectivamente hace hoy es enorme, y casi nadie la nombra en voz alta.

Yo tampoco estoy libre de esa contradicción, y ya te la dejé picando arriba sin resolverla. No te dije quién escribe cada nota que sale con esas otras firmas, y no te lo voy a aclarar ahora tampoco. Lo que sí te puedo decir es que yo reviso lo que se publica, superviso la hipótesis, corto lo que no cierra. Eso lo sostengo. Lo que todavía no sé es si esa supervisión es garantía real de calidad, o si es mi propia versión de "hay que pisar el barro" — la frase que me digo a mí misma para quedarme tranquila, más que la que efectivamente cumplo línea por línea.

Y ahí aparece la otra duda, la del equipo. Porque mientras escribo esto me doy cuenta de que sigo usando, sin querer, la misma imagen vieja que le estoy criticando a mi industria — solo que aplicada a otra cosa. Así como seguimos pensando que conocer un lugar exige haberlo pisado, seguimos pensando que un equipo exige pensar, producir, revisar, decidir y sostener el criterio en el mismo lugar y al mismo tiempo —todos alrededor de una mesa, de la manera de siempre. En LOTE hay investigación, hipótesis, criterio, redacción, revisión y decisión. Están repartidos de una forma para la que todavía no tengo una palabra prolija. ¿Eso sigue siendo un equipo? No sé si la pregunta tiene una sola respuesta correcta, y sospecho que en cada vez más lugares —no solo en los medios— va a dejar de tenerla.

No sé si eso está bien o está mal. Sospecho, de hecho, que la pregunta correcta no es esa.

La pregunta que de verdad me interesa es otra, más filosa: si una decisión sobre un territorio es buena —si el corredor conecta lo que tiene que conectar, si el centro de datos no seca la napa del pueblo de al lado, si la vivienda industrializada resuelve el déficit sin resolver mal—, ¿nos importa de verdad quién o qué la tomó? ¿O nos importa más sostener la ficción de que alguien, en algún momento, estuvo ahí parado, con las botas embarradas, mirando el lugar a los ojos?

Porque si lo que nos importa es la ficción, tenemos un problema serio: la estamos sosteniendo cada vez con menos evidencia y cada vez con más convicción.

Y si lo que nos importa es el resultado, entonces tenemos que empezar a decir en voz alta —sin vergüenza, sin la solemnidad de siempre— que el territorio, hoy, se decide cada vez más desde otro lado. Y animarnos a preguntar qué se pierde exactamente en esa distancia, en lugar de fingir que no existe.

Firmo esta columna con mi nombre. Por cada nota que sale con esas otras firmas debajo, respondo yo, como directora — eso no cambió y no lo estoy poniendo en duda. Lo que cambió es cómo se reparten, puertas adentro, la investigación, el criterio, la redacción y la revisión antes de que algo se publique. Ese reparto lo dirijo y lo conozco. Lo que todavía no sé es qué significa sostener el criterio y responder por un trabajo cuando la investigación, la redacción, la revisión y la decisión ya no están en el mismo lugar ni las sostiene la misma persona — y esa, sospecho, es la pregunta más honesta que le puedo hacer a LOTE.

Y sí, ya sé lo que estás pensando: qué cómodo, cerrar toda esta columna asegurando que la escribí yo, que dirijo un equipo, que respondo por todo. Tenés razón en desconfiar un poco. Al fin y al cabo, después de leer hasta acá, ya no sé si te conviene creerme — ni a qué, exactamente, le estarías creyendo.

VALERIA FRANCK — Fundadora | LOTE

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