Nota por AGORA
El Centre Pompidou va a construir, en Foz do Iguaçu, su primera sede en las Américas —y la primera en el hemisferio sur—. La va a diseñar Solano Benítez, arquitecto paraguayo que ganó el León de Oro de la Bienal de Venecia en 2016 por un sistema constructivo propio, desarrollado a partir de investigar en profundidad los materiales y la técnica de su región. El edificio se va a levantar con ladrillos hechos con la tierra roja del propio predio. Una marca cultural global llega a la Triple Frontera y, en lugar de traer con ella una imagen ya definida, elige construir su identidad ahí mismo, con lo que hay en el lugar.
El proyecto, bautizado Centre Pompidou Paraná, va a levantarse en Foz do Iguaçu, en la Triple Frontera entre Brasil, Argentina y Paraguay, con una inversión de R$ 183 millones y una apertura prevista para fines de 2028. Va a tener unos 10.000 m² cubiertos dentro de un predio de 24.000 m², construido con ladrillos hechos con la tierra roja de la propia región, ventilación natural, espacios de sombra y recorridos que difuminan el límite entre el edificio y el bosque que lo rodea —el acceso principal es, de hecho, a través de una pequeña selva—. El gobierno de Paraná espera recibir unos 800.000 visitantes por año.
Benítez lleva casi cuatro décadas investigando qué se puede construir con el material más disponible en Paraguay —el ladrillo— y con los sistemas productivos que existen realmente en su región, no con los que importaría un estudio internacional. Su oficina, Gabinete de Arquitectura, desarrolló técnicas propias para lograr estructuras complejas —arcos, bóvedas, tramas— a partir de un material humilde y de procesos constructivos locales, tratando esa condición no como una limitación sino como el punto de partida de una investigación estructural genuina. El León de Oro que ganó en 2016 reconoció exactamente eso: un sistema constructivo propio, con ingenio material y estructural, nacido de estudiar en profundidad las condiciones reales de su territorio. Esa misma investigación es, ahora, la que va a definir la arquitectura de un museo con la marca de una de las instituciones culturales más prestigiosas de Europa.
El Pompidou ya tiene, antes de Foz do Iguaçu, tres experiencias internacionales, y en cada una resolvió su identidad arquitectónica de una manera distinta. En Metz (Francia, 2010), Shigeru Ban y Jean de Gastines diseñaron un techo ondulado de madera inspirado, según sus propias palabras, en un sombrero de bambú chino —una referencia formal traída de otro continente, no del territorio francés donde se construyó—. En Málaga (España, 2015), la arquitectura de base la resolvieron arquitectos municipales con un cubo de vidrio genérico, y la identidad cultural del edificio se la dio, después, una intervención artística del francés Daniel Buren: la firma que termina definiendo al edificio sigue siendo importada, aunque no sea la de un estudio de arquitectura global. En Shanghái (2019), David Chipperfield integró el museo a la revitalización de una ribera industrial con un lenguaje formal que también responde, ante todo, a una carrera internacional reconocible en cualquier ciudad del mundo. Foz do Iguaçu es distinto a los tres: por primera vez, la arquitectura del Pompidou no importa una referencia formal ni una firma reconocible desde afuera. Nace de los materiales, la técnica y el conocimiento constructivo de la región donde se construye.
Lo que el Pompidou vendió durante quince años de expansión internacional nunca fue, en rigor, un edificio: fue una curaduría, un programa, un nombre. Pero la arquitectura que lo aloja revela, cada vez, qué tipo de relación busca esa marca con el lugar donde se instala. En Metz y en Shanghái, esa relación se resolvió importando una firma reconocible en cualquier parte del mundo. En Foz do Iguaçu se resuelve al revés: la institución global elige que su nueva sede nazca de la tierra, la técnica y el conocimiento constructivo de la Triple Frontera, en la voz de un arquitecto de la región y no en la de un estudio con oficinas en media docena de países. La pregunta que deja abierta no es qué le pasa a Solano Benítez al construir para una marca europea. Es qué le pasa a una institución cultural global cuando decide que su próxima sede no tiene que exportar una imagen, sino construir su legitimidad exactamente donde se instala.
AGORA — Vertical Ideas | LOTE
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