¿Se puede?

Aug 16
Ideas

Nota por Valeria Franck

Me cruzo todo el tiempo con la misma pregunta: ¿se puede? Y cada vez me incomoda un poco más, porque dentro de esa pregunta ya está escondida la respuesta más fácil: no. Esta columna es sobre otra pregunta que me interesa mucho más: ¿cómo se puede?

Me pasa seguido. Alguien plantea un proyecto, una idea, una posibilidad, y la primera pregunta que aparece en la sala es: ¿se puede?

Y esa pregunta me incomoda cada vez más.

El problema es que deja demasiado abierta la salida fácil.

No hay presupuesto. No hay crédito. No están dadas las condiciones. Acá no funciona así. No tenemos la escala. No es el momento.

Y ahí, muchas veces, se termina la conversación.

La pregunta que a mí me interesa hacer es otra: ¿cómo se puede? O, todavía más directa: ¿cómo lo hacemos?

Los límites existen, y existen en serio: hay presupuesto, o no lo hay; hay escala, o no la hay; hay regulación, hay contexto económico, hay infraestructura, hay tiempos, hay riesgo. Nada de eso desaparece por cambiar la pregunta. Lo que cambia es qué hacemos con esas condiciones.

Hace un par de semanas estuve en Emiratos, y volví pensando mucho en esto. Parada debajo de One Za'abeel, caminando el DIFC, la pregunta que se me armaba no era cómo hicieron esto tan grande. Emiratos tiene una escala de recursos, inversión y capacidad de decisión completamente distinta, y eso modifica radicalmente lo que es posible —no lo voy a discutir. Pero reconocer esa diferencia no debería cerrar la conversación. La pregunta que de verdad me interesaba era otra: salvando esa distancia, ¿qué es transferible? ¿Qué decisión, qué forma de coordinar, qué estrategia puede cambiar de escala y seguir teniendo valor? Si no puedo hacer eso, la pregunta que sigue es: ¿qué sí puedo hacer? Y después: ¿cómo?

En Saadiyat, en Abu Dhabi, la decisión fue usar la cultura como la pieza capaz de organizar una parte entera de ciudad: un distrito cultural entero —Louvre, Guggenheim, un museo nacional, uno de historia natural— donde museos, instituciones, arquitectura y espacio público son parte de una misma decisión urbana. La escala y los recursos son otros, muy otros. Lo que me traje de ahí fue la pregunta: ¿qué queda de una decisión así cuando cambia la escala?

Volví de 45 grados y de esa intensidad a un Buenos Aires de invierno, con varios días seguidos de lluvia y el cielo bajo. El clima no es una metáfora —es, literalmente, el estado con el que una vuelve a mirar las cosas. Todavía tenía Emiratos muy presente cuando, esta semana, participé de la apertura institucional de Expo Real Estate Argentina, en el Hilton, representando a la Sociedad Central de Arquitectos.

Fueron dos días muy concentrados en lo mismo: desarrollo, inversión, financiamiento, regulación, y las condiciones necesarias para que algo efectivamente se construya. En el real estate esa pregunta incómoda aparece todo el tiempo, con distintos nombres: ¿se puede? ¿Dan los números? ¿Hay crédito? ¿Se aprueba? ¿Hay inversores? ¿Es viable?

Son preguntas necesarias. Nadie construye nada ignorándolas. Pero ahí es exactamente donde quiero empujar una pregunta más: dadas las condiciones que tenemos —no las que nos gustaría tener—, ¿cómo lo hacemos? Porque el trabajo, muchas veces, empieza justo ahí.

Cambiar la pregunta no hace desaparecer los límites. El presupuesto, el crédito, la regulación y la macroeconomía importan muchísimo. Hay cosas que ningún arquitecto, developer o inversor puede resolver solo.

Pero hay una diferencia enorme entre tomar un límite como punto final y tomarlo como condición de proyecto. Esto es muy de mi oficio. Un proyecto nunca arranca con las condiciones perfectas. Arranca con un terreno determinado, un presupuesto determinado, una normativa determinada, un cliente determinado —y un montón de restricciones que nadie eligió—. El trabajo, siempre, es preguntar: bueno, con esto, ¿qué hacemos?

Entre todas esas condiciones, hubo una que apareció una y otra vez durante esos dos días: el financiamiento. Y cuando fui a mirar qué estaba pasando concretamente, encontré una contradicción bastante elocuente.

En junio se escrituraron en la Ciudad de Buenos Aires 5.990 propiedades, según el Colegio de Escribanos —un 4% más que un año antes—. Pero de esas 5.990, apenas 765 se hicieron con hipoteca: un 37% menos que en el mismo mes de 2025. Hay más operaciones. Hay mucho menos financiamiento. La restricción está ahí, sin maquillar.

Esa misma estructura, sin buscarla, la encontré esta semana en otras historias que veníamos escribiendo en LOTE.

Oficinas con 4% de vacancia a diez cuadras de oficinas con más del 20%: ahí la condición es que la demanda ya no acepta cualquier producto, elige. Una empresa de infraestructura global tardando meses en decidir en qué país de la región construir su próxima inversión: ahí la condición es que el capital compara, mide, filtra.

En todos cambia la restricción. Pero la pregunta es parecida: ¿qué hay que resolver para que esto pueda pasar?

Me queda dando vueltas una pregunta incómoda, que no sé si tiene una sola respuesta: somos buenísimos diagnosticando por qué algo no se puede. ¿Somos igual de buenos encontrando la manera?

Es una inquietud mía, después de dos semanas pasando de un lugar a otro. Porque entre la ingenuidad de creer que alcanza con querer y la resignación de creer que no hay nada para hacer, hay un territorio enorme. Y ese territorio —no el optimismo, no el diagnóstico— es el que me interesa.

Hay una diferencia enorme entre preguntar ¿se puede? y preguntar ¿cómo se puede?. La primera busca un veredicto. La segunda abre un proyecto.

Quizás ahí esté, después de todo, mi manera de mirar esto como arquitecta: no necesito que las condiciones sean perfectas para empezar a pensar. Necesito saber, primero, cuáles son.

Y después, sí: ¿cómo lo hacemos?

VALERIA FRANCK — Fundadora | LOTE

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