Cuando las reglas dejan de importar

Jul 15
Ideas

Nota por AGORA

El 6 de julio, un jurado internacional falló el concurso público para el nuevo Museo Nacional del Ecuador, con bases que declaraban esa decisión "definitiva e inapelable". Cuatro días después, el gobierno la desconoció y llamó a los 17 finalistas a una nueva instancia. Once estudios se negaron a participar. Esta nota no discute si el diseño ganador era el correcto —esa no es la pregunta—. La pregunta es qué pasa con la confianza en los concursos públicos, con el capital y el talento que deciden si vale la pena competir en la región, cuando un resultado puede reabrirse después de conocerse el ganador.

Un concurso de arquitectura hace algo un poco extraño si se lo mira de cerca: obliga a decidir las reglas antes de saber a quién van a beneficiar.

Se arma un jurado antes de abrir un solo sobre. Se publican las bases antes de que exista un ganador. Se declara, por escrito, que el fallo va a ser "definitivo e inapelable" —antes de saber si ese fallo le va a gustar a alguien—. Es, en el fondo, un mecanismo para blindar una decisión técnica de la reacción que esa decisión todavía no generó. Vivimos rodeados de sistemas que hacen exactamente lo contrario: encuestas, likes, tendencias, todo diseñado para validarse en tiempo real, ajustando el resultado a la reacción inmediata. El concurso existe, precisamente, para suspender esa lógica por un momento. Si el fallo terminara dependiendo de la reacción posterior en redes sociales, el jurado dejaría de ser jurado. Sería, como mucho, un primer borrador de una encuesta.

Eso es lo que está en juego en un caso que se abrió este mes en Quito, y que conviene mirar no como una noticia de Ecuador sino como una prueba de estrés para ese mecanismo en toda la región.

El 6 de julio se conoció el resultado del concurso público internacional para diseñar el nuevo Museo Nacional del Ecuador (MuNa): un edificio de unos 36.000 m² y una inversión estimada de USD 100 millones, sobre un terreno en el cruce de las avenidas República y Eloy Alfaro, en Quito. El llamado había convocado a 148 equipos de más de veinte países, de los que quedaron 17 finalistas. El jurado —que combinaba delegados institucionales (de la Presidencia, la Vicepresidencia, el Ministerio de Cultura) con arquitectos de trayectoria internacional— eligió por mayoría el proyecto "Ecos del Sol", presentado por el estudio español Campo Baeza junto al estudio quiteño MAODA. Las bases de la convocatoria establecían, en términos explícitos, que la decisión del jurado sería "motivada, definitiva e inapelable".

El diseño generó una reacción fuerte en redes sociales: crítica, memes, una petición de recolección de firmas pidiendo que se reevaluara. Cuatro días después, el 10 de julio, el ministro de Infraestructura y Transporte —que integraba el jurado como delegado presidencial— anunció públicamente que la empresa pública a cargo del proyecto rechazaba el diseño ganador y que convocaría nuevamente a los finalistas. Esa misma jornada dejó el cargo la viceministra de Cultura, que había defendido públicamente el diseño elegido. El 12 de julio, los 17 equipos originales recibieron por correo la convocatoria a una nueva etapa de selección —que la prensa y el propio equipo ganador bautizaron "tercera fase"— no contemplada en las bases publicadas; no se conoció, hasta el cierre de esta nota, una resolución administrativa formal que dejara sin efecto el resultado del 6 de julio, solo el anuncio público del ministro y esa notificación por correo. El 14 de julio, Campo Baeza y MAODA emitieron un comunicado sosteniendo que ese procedimiento "quebranta la transparencia e integridad de un proceso de concurso público cuyas bases fueron publicadas y explícitamente aceptadas por todos los participantes". De los 17 estudios convocados a la nueva instancia, seis confirmaron participación; al menos once la rechazaron. El Colegio de Arquitectos del Ecuador – Provincia de Pichincha, que había actuado como coordinador técnico del proceso —no como quien elige al ganador—, salió a respaldar por escrito la legitimidad y transparencia del concurso original.

Esta nota no va a discutir si "Ecos del Sol" era o no el mejor proyecto entre los 17 finalistas. Esa discusión, que existe y es legítima, le corresponde a la crítica de arquitectura. La pregunta que le interesa a LOTE es otra, y es más incómoda: ¿qué pasa cuando un Estado desconoce el resultado de un concurso público después de que un jurado ya emitió un fallo que sus propias reglas declaraban definitivo?

Un concurso público no es solo un mecanismo para elegir un edificio: es una promesa.

Le dice a quien participa que, si cumple las reglas y gana, el Estado va a cumplir las suyas.

Esa respuesta no se juega en el terreno del gusto arquitectónico. Se juega en el terreno de la previsibilidad institucional —el mismo terreno donde se decide si conviene invertir, construir o presentarse a una licitación en un país—. Cuando esa promesa se rompe una vez que el ganador ya tiene nombre, lo que se daña no es un diseño puntual. Es la credibilidad de la próxima convocatoria —y de la que sigue después—.

Ese daño tiene un destinatario muy concreto: los estudios que, la próxima vez, tienen que decidir si vale la pena participar. Presentarse a un concurso internacional no es gratis. Implica meses de trabajo de un equipo completo, sin garantía de cobro si no se gana, apostando a que el proceso va a respetar sus propias reglas hasta el final. El daño no necesita una sentencia judicial para existir. Empieza antes: cuando, frente a la próxima convocatoria, un estudio serio incorpora al cálculo la posibilidad de que las reglas cambien una vez conocido el resultado —o directamente elige competir en otro país, donde el resultado de un concurso efectivamente sea el resultado.

Y ese cálculo no lo hacen solamente los arquitectos. Cualquier inversor, desarrollador o gobierno que participa de un proceso competitivo público —una licitación de infraestructura, una concesión, un llamado a proyecto urbano— está haciendo, en el fondo, la misma pregunta: si gano, ¿el resultado se sostiene? La seguridad jurídica no es un concepto abstracto de manual de derecho administrativo. Es, en la práctica, la respuesta a esa pregunta. Cuando un concurso se reabre en medio de una reacción masiva en redes sociales, aunque esa presión no figure en ningún expediente, la señal institucional es difícil de ignorar: dice que, en ese país, un proceso competitivo público puede modificarse después de conocido el ganador si genera suficiente ruido. Esa es información que cualquier comité de inversión sabe leer.

Esto no significa que un fallo deba quedar protegido frente a cualquier irregularidad. Si hubo vicios en el procedimiento, conflictos de interés o incumplimientos sustantivos de las bases, corresponde investigarlos y actuar mediante los mecanismos previstos para eso. Pero el desacuerdo posterior con el resultado —político, estético o popular— no puede reemplazar esa demostración. La diferencia entre revisar una irregularidad y reabrir una decisión incómoda es, precisamente, la diferencia entre una institución y una arbitrariedad.

Ahí aparece la idea de fondo. Un jurado no existe para producir el resultado que más guste. Existe, precisamente, para poder sostener un resultado que no le guste a todos —incluido, a veces, al propio gobierno que lo convocó—. Ese es su valor: no la calidad estética de lo que elige, sino su capacidad de blindar una decisión técnica de la presión posterior. Un Estado que revierte un fallo apenas se vuelve incómodo, sin demostrar una irregularidad sustantiva en el proceso, no está corrigiendo un error de criterio. Está debilitando la autoridad del mecanismo que él mismo creó.

Nada de esto es exclusivo de Ecuador. Es un riesgo estructural de cualquier sistema de concursos públicos en la región: instituciones jóvenes o no del todo consolidadas, presión política de corto plazo, y una arena pública —hoy, las redes— que puede convertir cualquier decisión técnica en un tema de opinión masiva en cuestión de horas. El caso de Quito es, en ese sentido, un caso de manual: no porque sea el primero ni el último, sino porque deja particularmente visible el mecanismo completo, desde las bases publicadas hasta el cuestionamiento cuatro días después.

Frente a episodios de este tipo, las instituciones profesionales de la región no necesitan pronunciarse sobre la calidad del diseño ganador. Sí pueden —y probablemente deben— defender las condiciones mínimas que hacen creíble un concurso: bases estables, jurados autónomos, decisiones fundadas y mecanismos de impugnación definidos antes de conocer el resultado. No pronunciarse también contribuye a fijar el precedente.

La pregunta que deja este episodio no es quién va a terminar diseñando el MuNa. Es otra: qué arquitecto —o qué inversor— vuelve a confiar en un concurso cuyo resultado puede reabrirse después de conocido el ganador.

Las instituciones no fracasan cuando toman decisiones discutibles. Fracasan cuando dejan de ser previsibles.

ÁGORA — Vertical Ideas | LOTE Analysis

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