Nota por Valeria Franck
El domingo, mientras millones miran una final convencidos de que el resultado se decide en la cancha, vale la pena hacerse otra pregunta: ¿qué se volvió tan abundante que dejó de decidir, y qué se volvió, mientras tanto, escaso? Un LOTE View sobre la regla que conecta, esta semana, la inteligencia artificial, una licitación de baterías y un concurso de arquitectura en Ecuador.
El domingo, mientras esto se publica, Argentina y España juegan una final. Durante noventa minutos, millones de personas van a estar convencidas de que ahí, en esa cancha, se decide el resultado.
No es del todo cierto. Buena parte de lo que va a pasar ese domingo ya pasó antes: en meses de entrenamiento que nadie transmitió, en decisiones sobre qué jugador recuperar de una lesión y a cuál no arriesgar, en sistemas de juego diseñados con un año de anticipación, en horas de video analizando a un rival que ningún hincha vio nunca. El partido es la parte visible de una decisión que, en gran medida, ya estaba tomada. Lo que se televisa es el resultado. Lo que decide, casi nunca se televisa.
No es una idea sobre fútbol. Es una idea que esta semana apareció, sin que la estuviéramos buscando, en casi todo lo que analizamos en LOTE — y que probablemente sirva para leer casi cualquier otra cosa.
Hay una regla que apareció una y otra vez esta semana, en historias que no tenían nada que ver entre sí. Y una vez que la ves, cuesta dejar de verla.
Todo lo que se vuelve abundante deja de decidir.
No desaparece —sigue ahí, sigue siendo necesario— pero deja de ser lo que marca la diferencia. Y lo que hace la diferencia se muda a otro lado: a lo que, mientras tanto, se volvió escaso.
Esta semana lo vimos, por ejemplo, en la inteligencia artificial. Durante dos años, tener la mejor IA fue la ventaja. Hoy cualquiera puede pagar por el mismo modelo que usa una empresa gigante: la tecnología se volvió abundante, y dejó de diferenciar. ¿Qué pasó con la ventaja? No desapareció. Cambió de lugar. Por un lado, pasó al conocimiento de quien lleva veinte años en un oficio y sabe leer lo que ningún modelo aprendió solo. Por otro, pasó a algo mucho más elemental: la electricidad. Porque hacer funcionar esa misma IA a gran escala consume tanta energía como una ciudad entera —y esta semana las mayores apuestas del mundo elegían dónde instalarse no por el talento disponible, sino por dónde sobraba gas para quemar—. La tecnología se abarató. La energía y el criterio, no.
Casi calcado pasó con la energía limpia. El panel solar ya es una tecnología madura, barata, casi un commodity. Lo que este mes recibió once veces más ofertas de capital de las que un gobierno esperaba no fue un parque solar: fue una licitación de baterías. Un panel que genera energía cuando hay sol dejó de alcanzar; lo que hoy vale es guardar esa energía para el momento exacto en que se la necesita. Generar se volvió abundante. Guardar, todavía no.
Y esa misma regla, aunque no lleve un cable de por medio, explica por qué un gobierno puede congelar por ley la creación de nuevos municipios —porque descubrió que el mapa no lo dibujaba la identidad de una comunidad, lo dibujaba una fórmula de reparto fiscal que nadie miraba—. Explica, también, por qué un concurso de arquitectura, cuando se reabre después de tener un ganador, no daña principalmente al diseño elegido: daña algo más escaso todavía, que es la confianza de que las reglas, una vez fijadas, se sostienen. Lo decisivo no siempre se muda con electricidad de por medio. A veces se muda a una fórmula. O a una promesa.
Ahí está la idea, dicha derecho.
Lo que decide no vive en un lugar fijo. Se muda.
Siempre se muda hacia lo que todavía es escaso. No hacia lo importante, ni hacia lo visible, ni hacia lo que ocupa el título de la noticia. Hacia lo escaso. Cuando algo deja de escasear, deja de decidir, aunque siga pareciendo protagonista un tiempo más.
Esto cambia la pregunta que vale la pena hacerle a una noticia. La pregunta obvia es "¿quién ganó?". Hay una mejor: ¿qué se volvió, en esta historia, tan abundante que dejó de importar? ¿Y qué, mientras tanto y sin que nadie lo anunciara, se volvió escaso? Esa segunda pregunta casi nunca la responde el título. Casi siempre la responde el párrafo que nadie lee.
Hay un ejercicio viejo de arquitectura que ayuda a entender esto sin ninguna fórmula. Se dibuja una ciudad solo en blanco y negro: los edificios llenos, de un color; las calles y los espacios vacíos, del otro. Si mirás ese dibujo un rato largo, pasa algo curioso: lo que empezás mirando como la figura —el edificio— de a poco se vuelve el fondo, y lo que mirabas como el fondo —el vacío entre los edificios— empieza a leerse como la verdadera figura. El dibujo no cambió. Cambió qué eligieron mirar tus ojos.
El mundo, esta semana, dibujó ese mismo cuadro varias veces, en materiales distintos: energía, baterías, criterio, fórmulas, promesas. Cada vez, lo que parecía protagonista pasó a fondo. Y lo que parecía fondo pasó a ser lo único que, en realidad, importaba.
El domingo, mientras el mundo mira una cancha convencido de que ahí se decide todo, tal vez valga la pena llevarse de acá una pregunta mejor que el resultado del partido.
¿Qué se volvió tan abundante que dejó de decidir?
¿Y qué, mientras tanto y en silencio, acaba de convertirse en lo verdaderamente escaso?
Porque, casi siempre, el futuro empieza exactamente ahí.
VALERIA FRANCK — Fundadora | LOTE
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