Lo que no termina de encontrarse

Aug 4
Ideas

Nota por Valeria Franck

Dos ciudades muy distintas, resolviendo la misma pregunta: qué hace que un lugar deje de contener cosas y empiece a conectarlas. La pregunta, al final, termina siendo sobre Latinoamérica.

Durante las últimas dos semanas pasé por dos ciudades que no podrían ser más distintas. Dubái organiza parte del comercio global desde una estrategia deliberada. Madrid no construyó su relevancia a partir de una estrategia tan deliberada como Dubái, y sin embargo articula buena parte de la relación entre Europa y América Latina. En las dos terminé haciéndome la misma pregunta: ¿qué hace que una ciudad se convierta en el lugar donde las cosas se encuentran?

Vengo escribiendo sobre esto sin saberlo, semana tras semana: que el agua puede pesar tanto como el terreno a la hora de decidir una inversión, que una regla puede convertirse en infraestructura, que la confianza todavía se verifica en persona antes de firmar un cheque. Recién al terminar esta serie entendí que ninguna de esas notas hablaba realmente de agua, de regulación o de aeropuertos. Todas hablaban del mismo problema: cómo se construyen los lugares donde el capital, la confianza y las personas consiguen encontrarse.

Dubái decidió construir esas condiciones desde cero: zonas francas, visado dorado, aeropuerto, calendario de eventos, todo pensado para que la actividad global quisiera pasar por ahí. Madrid no necesitó ese mismo despliegue. Le alcanzó con administrar un corredor: el de capital y decisiones entre Europa y América Latina.

Ahí aparece la pregunta que de verdad me interesa, la que el viaje disparó pero que no es sobre el viaje: ¿por qué buena parte de esas conexiones sobre América Latina —capital, decisiones, conversaciones sobre la propia región— siguen ocurriendo afuera de ella?

La primera respuesta que se me ocurrió no sobrevivió a la investigación.

La respuesta fácil sería decir que Latinoamérica no logra construir nodos propios. Es la que yo misma tenía en la cabeza antes de investigar esto a fondo. Y es incorrecta. São Paulo administra la bolsa más grande de la región, con cerca de 870.000 millones de dólares de capitalización. Ciudad de México y Monterrey concentraron, solo en un trimestre reciente, más de la mitad del capital de riesgo que entró a toda América Latina. Panamá conecta, a través de Copa Airlines, 82 destinos en 32 países —más conectividad intralatinoamericana que cualquier aeropuerto de afuera de la región. Esto no es un problema de activos. Son ciudades que ya funcionan, en piezas específicas, exactamente como Dubái o Madrid.

El problema es otro, y es más interesante: esos nodos todavía no alcanzan para organizar buena parte del flujo regional. Y lo sé porque la región ya lo intentó, explícitamente, una vez.

En 2011, Chile, Colombia y Perú —y más adelante México— lanzaron el Mercado Integrado Latinoamericano, MILA: una plataforma pensada para unificar sus bolsas y crear, de una vez, el nodo financiero propio que le faltaba a la región. En 2021, diez años después, un reporte de la Bolsa Mexicana de Valores registró apenas cinco operaciones en la plataforma en todo el año. No cinco mil: cinco. No fracasó por falta de capital, de ambición ni, según la evidencia que encontré, de una supuesta inseguridad jurídica regional —de hecho, países como Panamá o Colombia usan activamente su propio marco legal para atraer sedes que de otro modo terminarían afuera. Fracasó porque cuatro mercados nacionales, cada uno con sus propios estándares de reporte, sus propias reglas para los fondos de pensión y sus propias empresas familiares reacias a cotizar en bolsa, nunca lograron convertirse en un sistema único lo bastante fluido como para que alguien prefiriera operar ahí antes que en Nueva York o Madrid.

Lo que más me interesa de esta historia no es el fracaso. Es lo que pasó después. La región no se rindió: en 2023 y 2024, Chile, Perú y Colombia volvieron a intentarlo, esta vez bajo un solo holding —NUAM, con Nasdaq como socio tecnológico— que hoy ya consolida más de 500.000 millones de dólares. Todavía no sabemos si NUAM va a lograr lo que MILA no pudo. Pero el intento en sí mismo dice algo que la respuesta fácil no permite ver: la región no dejó de intentar construirse su propio sistema de encuentro. Lo que todavía no logra es que ese sistema alcance la escala suficiente.

Mientras tanto, alguien más sigue haciendo ese trabajo por default. Miami concentra hoy entre 1.200 y 1.400 sedes regionales de multinacionales para América Latina —casi cien de ellas, multilatinas que prefirieron instalar ahí su sede antes que en su propio país. No es que Miami le haya robado nada a la región. Es que, mientras Latinoamérica todavía decide cómo conectarse consigo misma, alguien más ya está organizando esa conexión.

Después de pasar por Dubái y Madrid entendí que el desafío de Latinoamérica no es aprender a producir riqueza. Eso hace décadas que lo sabe hacer. El desafío es construir los lugares donde esa riqueza quiera encontrarse, organizarse y tomar decisiones sin tener que salir de la región para hacerlo. Porque la diferencia entre una ciudad y un nodo no es la cantidad de recursos que concentra. Es la cantidad de encuentros que vuelve inevitables. Y quizás esa sea una de las diferencias más importantes que todavía nos queda por construir.

VALERIA FRANCK — Fundadora | LOTE

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