El río que ya no le alcanza a Monterrey

Nota por ATLAS

Monterrey construyó su despegue industrial sobre tres represas — El Cuchillo, Cerro Prieto y La Boca — pensadas para una ciudad mucho más chica que la que generó el nearshoring. Hoy la demanda de agua de la zona metropolitana ronda los 17.465 litros por segundo y los acuíferos ya están sobreexplotados: la ciudad salió a construir, con años de atraso, un segundo sistema de infraestructura hídrica solo para sostener el crecimiento industrial que ya decidió tener. No es la primera ciudad a la que le pasa. Las Vegas y Ciudad del Cabo ya mostraron qué ocurre cuando la ambición de una ciudad supera al territorio que la hizo posible.

El inventario industrial del área metropolitana de Monterrey cerró el primer trimestre de 2026 en 17,9 millones de metros cuadrados, un 9,3% más que un año antes. Los parques se llenan, las plantas se instalan, el nearshoring sigue moviendo capital hacia el norte de México a un ritmo que las cámaras empresariales celebran cada trimestre. Lo que esas cifras no muestran es que la ciudad que recibe todo ese capital depende, todavía, de tres represas — El Cuchillo, Cerro Prieto y La Boca — diseñadas para abastecer a una Monterrey mucho más chica que la de hoy, y de acuíferos que ya se extraen por encima de su capacidad de recarga.

La demanda actual de la zona metropolitana ronda los 17.465 litros por segundo. Es una cifra que casi ningún desarrollador industrial mira antes de firmar un contrato de renta — y es, sin embargo, la que va a determinar si su planta puede operar a régimen completo dentro de cinco años.

La respuesta del sistema llega, como suele pasar con la infraestructura hídrica, más lenta que la inversión que la puso bajo presión. La presa León —antes llamada Libertad— lleva seis años de construcción y todavía no supera el 40% de su capacidad, aunque estaba programada para empezar a operar este año. El acueducto El Cuchillo II se aceleró para sumar una segunda toma sobre la misma cuenca que ya está exigida al límite. El Plan Nacional Hídrico 2024-2030 comprometió 20.000 millones de pesos solo en 2025 para este tipo de obra en todo el país. Y en paralelo, desarrolladores privados como FINSA empezaron a construir su propio sistema de reúso, con el que ya cubren cerca del 90% de sus parques industriales y logran reducir hasta un 80% el consumo de agua potable de sus clientes — porque entendieron que sin esa garantía, ninguna de las empresas que buscan instalarse ahí puede firmar tranquila.

Nada de esto es exclusivo de México. Las Vegas tampoco nació con abundancia de agua: se asentó junto a unos manantiales naturales —de ahí el nombre, "las vegas", los prados— que en 1905 la convirtieron en parada de abastecimiento del ferrocarril entre Salt Lake City y Los Ángeles. Esa fue toda la ventaja hídrica original de la ciudad. En cuanto Las Vegas decidió crecer a la escala que hoy tiene, esos manantiales dejaron de alcanzar casi de inmediato, y la ciudad tuvo que conectarse a un sistema muchísimo más grande que el que la había fundado: el lago Mead y el río Colorado, sostenidos por la represa Hoover, terminada en 1931. Las Vegas no resolvió su límite hídrico dentro de su propio territorio. Lo resolvió importando una cuenca entera.

Ciudad del Cabo ofrece el mismo patrón desde otro continente. Entre 2017 y 2018, sus represas cayeron a apenas un 13% de su capacidad tras varios años de sequía que coincidieron con una expansión urbana acelerada. La ciudad llegó a anunciar públicamente una fecha —el "Día Cero"— en la que iba a tener que cortar el suministro domiciliario y obligar a sus habitantes a hacer fila por agua racionada. Evitó ese día por muy poco margen, a fuerza de restricciones drásticas y de una inversión de emergencia en desalinización, pozos nuevos y reúso que la ciudad nunca había necesitado a esa escala.

Monterrey, Las Vegas y Ciudad del Cabo no comparten continente, fuente de agua ni década. Comparten algo más específico: en los tres casos, el recurso que hizo posible el asentamiento original quedó chico frente a la ambición que la propia ciudad decidió tener — y en los tres casos, la respuesta no fue frenar esa ambición, sino salir a construir o importar un sistema territorial mucho más grande que el original, casi siempre con años de atraso respecto de la inversión que ya se había comprometido.

Ese atraso es el verdadero riesgo territorial, más que el agua en sí misma. El capital para construir una planta de reúso o acelerar un acueducto casi nunca es el problema — lo tienen tanto los gobiernos como los desarrolladores privados. El problema es el tiempo: una nave industrial se arrienda en meses; un acueducto o una planta de tratamiento se construyen en años. Mientras esa brecha de tiempos no se cierre, cada nuevo metro cuadrado industrial que Monterrey suma es, también, una apuesta a que el sistema de agua que hoy no alcanza, alcance a tiempo.

ATLAS — Vertical Territorio | LOTE

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